En el sueño me veía obligado a repetir, una y otra vez, el mismo día de mi vida. 9:00 a.m. Reunión con mi director editorial. Tengo un encargo para ti. ¿Crees que podríamos publicar en CD-ROM esta colección que tenemos en papel? He oído que este formato es el futuro. Perfecto, prueba superada. 12:00 p.m. ¿Podrías imaginar ahora qué deberíamos hacer para aderezarla un poco y ofrecerla en DVD-ROM. ¡Eh!, no te despistes, ¿sería posible hacer también una versión on-line para mantenerla siempre actualizada?, ¿y en tinta electrónica? ¿Cómo que en qué formato? Tú mismo. 16:00 p.m. De paso, no olvides estudiar la forma de poder trocearla para venderla en la Appstore para iPhone. 18:00 p.m. Cuidado, ten en cuenta que a partir del 28 de mayo se empieza a vender el iPad en España. ¿Tienes previsto ya cómo la vamos a adaptar?
En ese momento agradecí que mi vecino ronque como un hotentote y me desperté entre dudas y sudores fríos. Al soñar con mi futuro vi, como en un retablo gótico, el trabajo de mis quince últimos años de vida laboral. Tal como hizo Bill Murray en Atrapado en el tiempo repetí entre balbuceos aquella memorable frase: "puede que no haya mañana. Hoy no lo hubo." Lo cierto es que llevamos haciendo lo mismo desde hace década y media. Primero fue el prehistórico CD-ROM y ahora es el intuitivo iPad. Lo tratamos todo como si el salto de la edición pretecnológica a la digital fuera tan sencillo como pasar de una edición en tapa dura a otra de bolsillo. Pensamos que un libro se convierte en digital con una simple imposición de dígitos, perdón, quise decir de manos. Parémonos un momento a reflexionar: no basta sólo con trasladar los contenidos de un formato a otro, primero deberíamos intentar entender qué ofrece de novedoso el formato recién nacido. En fin, aunque ya sea un poco tarde, pido disculpas a mis lectores por el cabreo pero esto es lo que tiene haber dormido regulín.
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